
Yo permanecía frío al otro lado de aquel sofá grisaceo. Tenía los pies congelados pero no pensaba moverme de mi sitio. La quería pero nuestra mutua y puta estupidez nos había distanciado físicamente y destrozado psíquicamente. Quería acercarme y ella deseaba que me acercara a ella, pero ni yo iba a hacerlo, ni ella iba a pedírmelo.
Y así fue como acabó todo, con hondas y mudas lágrimas recorriendo nuestras mejillas. Un leve movimiento hubiera curado la situación, pero yo no escribo en pretérito perfecto simple.
Crema: "Que el cuerpo no sabe llorar, lo que llora es el alma"
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