
Llegué a casa y empecé a escribir frases del tipo de: bajo los efectos de esta odiosamente placentera soledad; yo no miento, salvo cuando no digo la verdad; ¿sigue estando tu hombro disponible para humedecerlo?; o, el gran problema de la vida es que al final todos dejamos de vivir. Bien, era otro de esos días en los que rozaba la catástrofe emocional subcutánea, ese estado al que vulgarmente denominan depresión, depresión interna que nunca llego a manifestar por ser preso de la estabilidad, sólo otro esclavo más del sistema físico basado en el equilibrio entre la mente y los sentimientos, la razón y la pasión. Otro día más en el que me adentro en este laberinto sintáctico en el que mi vocabulario camina libre y juega semánticamente. Bendita escritura, sólo tú dibujas poéticamente la desembocadura de mis secreciones oculares.
Romántico.
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