
Como cualquier otro día volvía de la facultad saliendo del cercanías dispuesto a dirigirme a casa, así que bajé mi calle, me situé a la altura de mi portal, fui a meter la llave y… ¿Cómo? ¿Qué hacía ese local de música funky en el sitio donde solía estar mi casa? En fin, inédito. Incrédulo de mí di un largo paseo por todo mi distrito hasta que las farolas se encendieron, entonces decidí subir al cerro de Laguna. Allí, sentado, había un joven aspirante a alopécico, con una nariz, como diría Quevedo, superlativa y cuya corpulencia física era inversamente proporcional a la camiseta que llevaba. Estaba ahí, mirando cómo la luna brillaba en secreto entre todos esos edificios, como el que observa a una musa de pelo corto desprendiendo hermosura entre la gente de un bar. El chico parecía que lloraba, pero no había ni una lágrima en su rostro. Le pregunté qué le pasaba y me respondió:
-Hermano, estoy ya cansado de este mundo cuya única ley que rige el orden público es: llora, pero no hagas mucho ruido.
Le di un abrazo.
Romántico.
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