
Era un día normal de madrugada cuando me levanté y me dirigí al retrete, entonces relajé el esfínter y empecé a verter la urea dentro del inodoro, o al menos eso creía cuando comprobé que aquella era una de esas dobles expulsiones, de modo que encharqué algunas baldosas. Cansado, murmuré algo así como: “Me cago en la puta muerte…”. Entonces, me di la vuelta y allí estaba. Por supuesto, ya me había enfrentado otras muchas veces a la muerte, pero esta vez parecía que estaba dispuesta a llegar hasta el final. Comencé a distraerla hablando acerca de si la primera vez dolía, yo le dije que a mí no me dolió, luego le empecé a hablar sobre un estudio científico extraordinariamente profundo iniciado por la revista “super Pop”. Pero se dio cuenta de lo que pretendía, así que alzó la hoz, dio un paso atrás y… Se resbaló con la, todavía caliente, laguna amarillenta y cayó al suelo golpeándose la nuca contra el lavabo. En fin, había matado a La Muerte. Volví a la cama y seguí durmiendo.
Romántico.
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